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España, Soto del Real, a unos 15 km. al norte de Madrid. Dos conciertos muy especiales.

    Apenas llegamos al lugar del espectáculo un equipo de 17 muchachos con algunos carritos nos esperan para descargar los camiones: primero el de las estructuras y luces y luego el que transporta instrumentos, equipos de sonido y escenografía. Realmente es una gran ayuda porque desde la zona de descarga hasta el escenario hay unos 100 metros de distancia.


Cada uno de ellos lleva colgado en el uniforme azul un cartelito con nombre y foto, también cada uno de nosotros lleva un pass de color verde.


Descubrimos que son de distintas proveniencias: madrileños, andaluces, un argentino, algún colombiano… nadie vio ni sintió hablar nunca del Gen Rosso, no tienen la mínima idea de quienes somos.

No resultó fácil conseguir los permisos necesarios para realizar Streetlight en este lugar, pero luego de numerosas llamadas telefónicas y haber despertado el interés de alguna autoridad, logramos tener los papeles en regla.

El espectáculo se realizará a las cinco de la tarde y, por lo tanto, hay que empezar el montaje la tarde anterior. Gracias a la ayuda de ellos se puede acabar con todo antes de las nueve de la noche.


A la mañana siguiente volvemos temprano para conectar el grupo electrógeno, apuntar los faros y chequear micrófonos e instrumentos. Más tarde llegan nuestros ayudantes y quedan asombrados de encontrarse el escenario listo y las luces funcionando; uno de ellos comenta que una consola como la nuestra la había visto sólo en TV. Aprovechamos la ocasión para charlar un poco de la historia de cada uno, de la familia, de la posibilidad de trabajar…


El momento del espectáculo es realmente una fiesta, el pequeño teatro está colmado y nuestros nuevos amigos, en primera fila, ‘viven’ Streetlight como si estuvieran en el escenario junto a nosotros. Notamos que afloran las lágrimas en algunos ojos.
Cuando acaba el show, muchos nos agradecen antes de dejar la sala; enseguida proponemos realizar otra representación en el mismo lugar para el día siguiente, propuesta que viene aceptada.


Llegando a la  mañana siguiente, Raúl me dice: “Mira, para mí el espectáculo de ayer fue muy hermoso y quería haceros algún regalo, pero como no tengo nada para daros, os he escrito una poesía que habla de vosotros”. Un regalo precioso, de verdad.

Otros dos nos traen bocadillos súper suculentos, bebidas y fruta.
La segunda representación, como intensidad es igual a la primera; en el fondo de la sala un grupito de brasileñas canta a todo pulmón “si quieres tú puedes”. A la salida una chica me dice: “gracias por esta hora de felicidad” y luego con otra, a través de una ventana: “hace tres años que estoy aquí y no imaginaba que hubiera algo de este tipo, espero volver a veros en el futuro en otro lugar”.


Llega la hora de desmontar todo, cargar los camiones y partir. En el momento de la despedida estamos seguros de que no hay muchas posibilidades de volver a encontrarnos y que tal vez con alguno de ellos no nos veremos nunca más.

Pero nadie nos quitará del alma la certidumbre que los dos conciertos realizados en la cárcel de Soto del Real han sido entre los más hermosos de nuestra cuarentenal historia.

 

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