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Tacloban - ciudad de 60000 habitantes en una de las numerosas Islas Filipinas - hasta el 8 de noviembre pasado era casi desconocida para la mayor parte del mundo, luego, de repente, se volvió tristemente famosa porque el huracán Yolanda se abatió sobre ella con sus ráfagas de 320 km. por hora y cobrando más de 10000 víctimas.
Hoy, luego de tres meses y medio estuvimos allí por algunas horas para estar con la gente del lugar, conocer sus experiencias de dolor, de donación, de generosidad heroica.


Llegando al aeropuerto la primera cosa que  noto es que a la cinta que transporta las maletas de los pasajeros le faltan algunos tramos y el cielorraso nos muestra en varios puntos un magnífico cielo matutino. Saliendo, los carteles publicitarios que normalmente se encuentran en todos los aeropuertos no existen más, solamente algunos esqueletos de hierros retorcidos; lo mismo ocurre con los árboles: sólo troncos y  raíces a la intemperie.
Yendo hacia la ciudad la escena se vuelve más apocalíptica: casas derrumbadas, montones de escombros y chapas por doquier, niños que se bañan en la vereda con una ducha improvisada, incluso se pueden ver grandes barcos encallados en el asfalto.
Y luego banderas, muchas banderas de la Cruz Roja, de Médicos sin Fronteras, de organizaciones humanitarias de distintos países, como algunos camiones del ejército coreano junto a las carpas de las Naciones Unidas.
Nos dirigimos a la sede de la universidad, allí encontramos un grupo de muchachos y chicas que están preparando la coreografía para un espectáculo que van a realizar en pocos días, lo hacen muy bien. Enseguida dejan de ensayar para hacernos sentir parte de sus vidas, acabamos bailando y riendo juntos.
Lo que salta a la vista es la alegría dibujada en los rostros de la personas, una alegría serena y acogedora, profunda, conquistada.
Vamos a visitar la catedral y sobre la puerta de entrada un centenar de nombres escritos en pequeños papelitos, son los miembros de la parroquia que han perecido. Detrás de la catedral sin techo, un cementerio improvisado: algunas cruces con el nombre y la fatídica fecha: 8.11.2013.
Un joven sacerdote, ordenado algunos días después de la tragedia, nos cuenta que cuando se derrumbó el techo de la iglesia no había nadie en su interior, solamente un muchachito que sirve como monaguillo y que se salvó refugiándose dentro de un ropero.
Hacia mediodía nos dirigimos a otro lugar para participar en una misa con más o menos 200 personas de la comunidad del Focolar, familias, jóvenes y niños. Entre ellos se encuentran los que han perdido completamente todo, pero nunca lograremos descubrir quiénes son, tal es la alegría y la dignidad que se ve por todas partes.
Luego, almuerzo y más tarde una hora de intercambio de experiencias, sobre todo de fe a toda prueba; gente que ha decidido quedarse en la ciudad para ayudar; gente que ha hecho de todo para conseguir agua, comida, ropa, combustible… para sí mismos y para los demás; gente que ha vencido el miedo con la fe, gente orgullosa de haber sobrevivido…
Tenemos que escapar para tomar el avión que nos devolverá a Manila, aunque si quisiéramos quedarnos entre esta maravillosa gente.
Durante el viaje de vuelta descubro muchas cometas que vuelan en el cielo azul; me hace pensar en los chiquillos que están en la otra punta del hilo y que no le tienen más miedo al viento, para ellos ahora es un nuevo amigo con el cual cada día se puede jugar.

 

 

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